4. HOMERO y La Bella Durmiente
She sleeps: her breathings are not heard
In palace chambers far apart.
The fragrant tresses are not stirr'd
That lie upon her charmed heart.
She sleeps: on either hand upswells
The gold-fringed pillow lightly prest:
She sleeps, nor dreams, but ever dwells
A perfect form in perfect rest.
Lord Alfred Tennyson
¿Estaba
ya dormido? O era justo antes de dormirse que un hilo que le
atravesaba la cabeza de lado a lado empezó a vibrar y sonaba como
una guitarra eléctrica. BRRRRRM. No lo podía aguantar mucho o la
cabeza le explotaría. Se impulsó hacia un lado. Chocó con algo, un
cuerpo... Humano. El niño lo tocaba, vio que era una mujer porque le
notaba los pechos blandos. ¿Estaría muerta? Pero no lo debía
estar, porque justo al tocarle el pecho derecho ella se levantó y
gritó fuertemente: ¿Perdón? ¿Pero qué modales son esos,
principito? ¡Nunca antes nadie había osado despertar a una dama de
tal manera! ¿Sabes que podría convertirte en sapo? La gente no
suele saber esas cosas... O que puedo mutar cuanto quiera de forma
que incluso puedo llegar a convertir mi mirada en un arma letal para
niñitos curiosos como tú ¿Quieres ser de piedra, Homero?
Homero
tenía miedo. Ahora sí que estaba en apuros. ¡Esta mujer sabía su
nombre! Decía cosas horribles y parecía muy enfadada. Entonces
Homero lloró. Unas lagrimotas gordas como dedales le salían de los
lacrimales. Se le nubló la vista y no podía más que sentir miedo y
pavor. Temía por su vida. Se esperaba cualquier cosa. Pero aquel
monstruo no atacó. Muy al contrario, al verlo tan asustado se
compadeció de él y lo abrazó. Y le dijo: Perdóname, por favor,
pero como todos, yo también tengo muy mal despertar. Y entonces el
sol. Una luz clara, matutina, iba iluminando la esfera terrestre y
cada instante llegaba más y más caliente. Cada vez más acogedora y
tierna iba inundando todo aquello que se veía.
Vio
entonces el niño que la mujer estaba completamente desnuda y le
dijo: ¿quieres llevar un poco de mi ropa? A lo que ella le
respondió: ¿Para qué? No tengo frío. ¿Tu tienes frío, niño? Y
el mequetrefe dijo que no y se quitó la chaqueta Desigual, el polo
de Lacoste, las zapatillas Camper, los calcetines Puma, los vaqueros
Levis, pero cuando llego a los calzoncillos Uno se lo pensó. Y ella
dijo: ¿Qué pasa? y se rió: ¿Tienes vergüenza?. A lo que el niño
le respondió quitándose los calzoncillos; mirándola a ella a los
ojos. Fue así que vio cómo la Bella Durmiente se sonrojaba. Y ella
lo vio a él ante sus ojos.
En la
mesa de madera había una cesta de manzanas. El niño se preguntó
quién las habría puesto allí. Y estaba a punto de preguntarle a la
que dormía... pero se detuvo porque ella dijo: ¿Las trajiste tu
verdad? Él tuvo el intenso deseo de impresionarla y decirle que sí,
pero pudo contenerse y fue cauto al decir la verdad. Ella tuvo miedo
y un poco de paranoia. Empezó a ver ojos en las vigas que sujetaban
el techo. Ojos que los miraban. Se oyó el rugido de un dragón y una
explosión muy cercana. Ella dijo que serían de la Central. Que no
tenían de qué preocuparse. Que debían comerlas. Y beber agua o
zumo. Ah, y prepararon café y sacaron unas pastas de una bolsa de
plástico de una caja de cartón que ponía Yayitas. A Homero le
encantó el desayuno, era la primera vez que bebía café, lo había
probado de bebé con su madre en el bar, ¡pero nunca se había
tomado una taza entera! Y las galletas, mmm... Al final, ni caso
hicieron de las manzanas.



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