2. HOMERO

"And what shall I ride in," quoth Lucifer then?
"If I followed my taste indeed,
I should mount in a waggon of wounded men,
And smile to see them bleed.
But these will be furnished again and again,
And at present my purpose is speed;
To see of My manor as much as I may,
And watch that no souls shall be poached away."

Lord Byron
Danzando alegremente iba el niño Homero, recubierto con una tela semitransparente, algo brillante y dorada, cuando ¡zas! tropezó con una raíz de un olivo muy viejo que estaba en el jardín trasero de su casa y se dio con la cabeza en una roca.

Acto seguido, se vio rodeado de arena y un Sol abrasador que le nublaba la vista. La arena temblaba y de dentro de las dunas salían lianas, raíces, troncos, palmeras, ranas, sapos, hojas enormes y verdes, matorrales bajos y llenos de flores muy aromáticas. De los matorrales también salían conejos y a los conejos los perseguía un gato blanco.

A su derecha, de dentro de una roca bastante voluminosa -en la que no se había fijado aún- salía un sonido como de cascabeles, o campanitas, que poco a poco fue agrietando la roca misma. El material del interior no tenía nada que ver con el del exterior, que era gris y feo. Del interior brotaba una luz cegadora que no permitía ver el contenido. De repente el ruido cesó y la luz se apagó y ahora era la oscuridad lo que no dejaba ver. Unos gusanillos blancos iban saliendo de dentro de la roca a borbotones, ¡eran miles! ¡no! ¡millones! Los gusanillos se iban amontonando y apelmazando, adhiriéndose los unos a los otros para formar lo que luego sería una serpiente pitón albina preciosa y más grande que cualquier anaconda.

Para cuando la serpiente se terminó de formar, todos los ciervos, monos, cerdos, ratas, conejos, pájaros y pajarracos se habían esfumado. Solo quedaban los escarabajos, que se amontonaban sobre las defecaciones que habían dejado los que ya no estaban y algunos insectos más que Homero no se molestó en recordar. La serpiente fue poco a poco adentrándose en lo que ahora ya era una jungla. Y un ligero riachuelo empezó a correr desde su izquierda, justo al lado de donde estaba él, todavía tumbado contemplando incrédulo el panorama. Se incorporó, decidido a seguir ese río que en algún momento llegaría a alguna parte. Enseguida se arrepintió, pues le afligían mucho los golpes y las magulladuras que se había hecho cayendo.

Una paloma mensajera vino volando con un sobre. Dejó caer el sobre y el niño lo cogió. Vio que era para él, pues había escrito en letra bien grande y clara: Homero. Lo abrió, dentro había un mensaje que leía: "De perdidos al río." Así que Homero decidió hacer caso y se fue andando siguiendo el río. Allí no había nada de nada. Solo agua y más agua. Homero andaba y andaba y nada. El río, que era más bien riachuelo, como ya hemos dicho, era de agua clara y transparente. Se veían rocas al fondo, rocas planas. Era como si el río se deslizase sobre una superficie hecha toda de una sola roca, de una sola pieza. El agua corría disparada, a toda velocidad por encima de esa roca lisa de color crema, con vetas blancas. Cada quinientos metros había unas rocas aquí y allá que servían para cruzar al otro lado.


Homero se aburría de andar por el río. Todo era lo mismo. Y le aterraba la posibilidad de que el río no llevase nunca al mar. Además, qué haría cuándo llegase por fin a la playa. Esa pregunta era algo en lo que no quería pensar, pero que le atormentaba constantemente.

Comments

Popular Posts