3. La Luna

"While gazing on the moon's light, 
A moment from her smile I turn'd, 
To look at orbs that, more bright, 
In lone and distant glory burn'd. 
But too far 
Each proud star, 
For me to feel its warming flame; 
Much more dear 
That mild sphere, 
Which near our planet smiling came;
Thus, Mary, be but thou my own, 
While brighter eyes unheeded play, 
I'll love those moonlight looks alone 
That bless my home and guide my way. "

Thomas Moore (1779-1852)



Miau, Miau, maúlla el gato. Éste era rubio, atigrado de ojos amarillos. Homero se sentía solo y este gato no paraba de restregarle el trasero por la pierna mientras maullaba como pidiendo respuesta. El gato estaba desesperado y el niño también. De pronto sintió que aunque fuera de locos, en aquel contexto en que todo era una locura, no estaba de más pedirle ayuda al gato. Por eso, y solamente por eso, Homero le dijo que necesitaba un paseo en coche. A lo que el gato dejó de refregarle el culo y se puso a vomitar una pasta líquida llena de saliva burbujeante blanca y espumosa de la que emanaba un humo gris oscuro. Ese humo gris empezó a transformarse en un coche. Primero se dibujaron los neumáticos y luego los ejes. Siguió la caja de cambios y el volante, luego el chasis se formó cuando del humo llovían gotas de metal ardiendo que se enfriaban formando la muy simple estructura. La chapa salió escupida en forma de vapor de los tubos del chasis y al final quedó roja. Homero reconoció enseguida el Dos Caballos de su madre. Se montó dentro y lo puso en marcha. El gato salió huyendo, asustado por el ruido del motor. ¡El coche se puso en marcha y andaba solo!

Tras muchas horas de ir a toda velocidad a través de la jungla, Homero ya se preguntaba porqué no llegaba el ocaso. Y el ocaso llegó. El coche se paró porqué no tenía más gasolina. Y Homero pudo contemplar desde lo alto de un acantilado con catarata y todo como una Luna Menguante fina como una hoja de papel, pero enorme como un globo aerostático, surgía de entre las copas de las secuoyas, baobabs, robles y palmeras que había en el valle.

Vio una luz a unos doscientos metros, ésta era tenue y parpadeaba. Se acercó a ella, era una casita sin puerta, solo con esta luz encima, como incitando a entrar. Había también una ventana de la cual salía una cortina azul que ondulaba con el viento y una planta de albahaca plantada en una maceta. El niño entró y dentro vio una mesa de madera y una sandía enorme partida por la mitad. Cogió una rodaja y se la metió en la boca. Las papilas gustativas, la lengua entera y las glándulas salivales trabajaron como nunca. La mandíbula mordía sin parar aquel manjar blando pero con textura y acuoso a la vez que jugoso. El sabor era justamente dulce. Y el zumo rojo fosforescente, casi rosado. Tras comer una rodaja se sintió lleno de algo más que comida. ¿Gloria?


Se asomó a la ventana y vio la Luna. Se sonrojó. Sentía vergüenza porque no se sabe cómo, él sabía que era la Luna que lo miraba a él, y no al revés, como hubiese sido habitual. De pronto sintió un ruido en su estómago. ¿Tendría más hambre? Pero no podía moverse, aún y la vergüenza que sentía, un dolor agudo como de mariposas en el estómago se lo impedía. Homero creía que esto sería su fin, pues notaba en su mente un vacío incomprensible. Un último rayo de luz de Luna, que no es más que luz del Sol reflejada como en un espejo, le golpeó con energía en todo el pecho. El niño pudo respirar normal de nuevo, moverse y refugiarse en la oscuridad. Fue andando hacia atrás hasta tocar la pared del extremo opuesto de la habitación con la espalda. Poco a poco se fue sentando.

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