6. En Blanco Y Negro
Eva le
dijo a Homero: A partir de ahora llámame Era. Si quieres dirigirte a
mi llámame así. Y chasqueó los dedos otra vez y le apareció un
tocado de plumas de pavo real. Dentro de la torre no había más que
una escalera de caracol que parecía no terminar nunca. Y un montón
de hombrecitos muy estirados, como si los hubiesen alargado con un
efecto fotográfico, que subían y bajaban esas escaleras de caracol
infinitas. Y Homero dijo: ¿Era, qué hacen? Y ella dijo: Nada. ¿No
lo ves?, suben y bajan. Y Homero se preguntó porqué. Entonces el
gato se metió por entre los hombres y estos se asustaron y gritaron.
Se resbalaban por los escalones y andaban torcidos, pero no caían.
Entonces Era le dijo: tenemos que subir.
Al
niño le daba pereza subir, y lo pensó muy intensamente, deseaba con
todas sus fuerzas que las escaleras fuesen mecánicas. Pero el gato
estaba subiendo por delante de ellos, no estaba tocándole. Por eso,
el milagro no sucedió. Los hombres en blanco y negro estirados daban
mucho más miedo de cerca que de lejos. Algunos tenían bigote y
otros no. Todos llevaban maletín. Algunos llevaban sombrero. Y al
parecer, la panacea con estos hombrecitos era que cagaban monedas de
oro. Era le explicó que los tenían en trance, un maestro gurú, que
meditaba en lo alto de la torre, los tenía hipnotizados a todos. Les
hacía creer que la única cosa que de verdad querían hacer en su
vida era subir y bajar escaleras. Y mientras tanto sus barrenderas
fregaban todas las monedas de oro que estos cagaban para él.
El
niño preguntó cuántos maestros gurú había. Y Era dijo que no lo
sabía, que se suponía que uno sólo. Homero no entendió como lo
hacía para gastar el dinero si tenía que estar meditando siempre
para que no se les quitase el trance a los cagadores. Era dijo que
entonces debían de ser más, que a lo mejor se iban turnando. Homero
dijo que seguro que se pelearían por el dinero y terminarían
matándose los unos a los otros. El gato seguía subiendo por delante
de ellos y Homero se asomó por una ventanita que había de paso. Vio
toda la selva, el río, las piedrecitas que lo cruzaban cada
quinientos metros, pero no pudo fijarse mucho porque seguían
subiendo.
El
niño recordó que ya había estado allí, pero no lo había
recordado aún porque el lugar había cambiado mucho. La otra vez que
había estado en la Central, la entrada empezaba fuera, mucho más
allá del foso. Había una ciudad entera rodeando la torre y el humo
chorreaba en colores desde múltiples chimeneas. Humo púrpura,
violeta, amarillo, verde, negro. No como ahora, que solo salía un
hilillo de humo en blanco y negro desde lo alto. La ciudad era muy
bonita, estaba repleta de parques y bosques y árboles con flores.
Pero cuando uno entraba en los edificios era como si el embrujo de lo
maravilloso desapareciese. Se acordó Homero que la Central estaba
camuflada. Que por dentro los túneles estaban todos llenos de
paredes de cartón pintado. Que uno no sabía nunca muy bien dónde
se encontraba. Que la entrada de la torre y la zona en blanco y negro
estaban muy escondidas, en el fondo. Y que nadie las habitaba. Que se
consideraba un lugar viejo, del pasado, apestoso y maloliente. Y que
de las murallas salía un humo espeso que no dejaba ver el cielo y
que de las paredes chorreaban aceites y grasas pringosas.
Eva, o
Era, o Ema, en aquél entonces, le advirtió ya que esa falta de
brillo no hubiese sido considerada normal en otros tiempos, pero que
eso era así y no se podía hacer nada al respecto. La pesadilla era
cada vez más atroz según se adentraban en aquel antiguo pabellón.
Todo parecía recordar a un manicomio abandonado donde los espíritus
de las pobres gentes atormentadas gritaban desde detrás de las
puertas de las habitaciones. La traición era infernal. El deseo de
huir era mayor que cualquier terror imaginable. Se acordó de que
huyó y de todo lo que pasó después. Y de cómo regresó al
pabellón para descansar. Y le preguntó a Era que si se acordaba de
todo eso y ella lo miró fijamente a los ojos, casi llorando, y le
dijo que sí.
Homero
se acordó de la gente. Del estallido ruidoso que hacía la gente al
pasear por las calles de la ciudad. Había mucha gente, gente de
todas las maneras, colores y pintas. Los artesanos, los feriantes,
los titiriteros y la gente del circo le apasionaban. Aunque también
le daban miedo. Era consciente de su poder mágico. Y de sus
triquiñuelas también. De cómo se copiaban los unos a los otros. De
que mandaban cosas a hacer a las máquinas de la perfección. De que
muchos ni siquiera eran dueños de sus diseños y que eran simples
intermediarios de productos que les importaban y representaban poco o
nada. Sabía muy bien que los modistos se habían encargado de
esclavizar a sus cosedoras. Les habían forjado unos zapatos de metal
en los pies imposibles de levantar de los pedales de las máquinas.
Aunque
muchos de estos productos eran realmente bellos. Cuando uno sabía la
historia escondida detrás de cada uno de ellos se le quitaban las
ganas de comprar. Homero se avergonzó muchas veces de haber deseado
cosas que luego resultaron ser la causa de la desgracia de muchas
personas, incluso de la suya propia. Nada era auténtico, todos los
productos parecían perfectos, pero era solo una ilusión, un truco,
un embrujo. Lo artesanal nace de dentro de uno. Se elabora siguiendo
una tradición o instrucciones que cada artesano personaliza, mejora,
amplía o adapta a sus gustos o a los gustos de su gente, a la
realidad y respectando el medio del que se extraen los materiales de
su producto. Garantizando la pervivencia de dicho medio y
consecuentemente la del oficio. Según sus experiencias, forma de ser
y demás. Al parecer, todo eso se había acabado o quedaba muy poco
si es que había existido alguna vez.
Pero
los artesanos y feriantes no eran los únicos. Los maestros y
libreros no daban mejor ejemplo que el resto. Era descubrió en aquel
entonces que el director de la escuela de Homero estafaba a las
familias en la compra de los libros. Todo empezó porque Era se
empeñó en no comprar los libros en la escuela, sino en una
librería. Cuando le dio el código de los libros a la librera, ésta
le dijo que era muy difícil encontrarlos. De escondidas a Era, la
librera llamó a la escuela para comprar los libros allí. Fue cuando
descubrió que el director había hecho un amigo en la guerra. Que
este amigo tenía un almacén y que compraba libros descatalogados a
la editoriales a muy bajo precio. Luego los vendían en la escuela a
los niños a precios mucho más altos y se repartían los beneficios.
Se cultivaban campos de eucaliptos que contaminaban el suelo en que
se posaban sus hojas. De ahí se sacaba todo el papel. Se amontonaban
bosques de eucaliptos y máquinas deforestadoras. Suavemente rapando
el mundo. Secándolo. Matándolo.
Homero
oyó la historia de un amigo suyo que, decidido a arreglar todo
aquello, se enroló en un partido político. Lo primero que le
dijeron fue que, si tenía ideales políticos tenía que dejarlos en
el umbral. Que allí no se podía tener de eso. Y eso se lo dijeron
la secretaria y el presidente, y cuando dijeron 'eso', lo dijeron con
asco. Homero había visto a los constructores jugar con los políticos
haciendo casas de cartón-piedra. Cobrándolas, con ayuda de los
banqueros, a precio de casas de verdad. Y cuando Era les preguntó
por qué, todos le dijeron que era la culpa del Gran Motobolón.
Entonces Era no supo que decir. Porque ella sabía muy bien que no
existía. Que eso era un cuento que se les contaba a los niños que
no querían dormir. Y se rió. Y les llamó inútiles a todos. Si al
menos hubiera sido por o para algo... A algo mejor, me refiero.
Y
mientras subían, Era le dijo al niño que la vida era muy dura. Pero
que también era una cosa muy bonita. Que tenía que poner energía
en las cosas que hacía, hacerlas de verdad, que si no, no valía la
pena hacerlas. Que todo lo que importaba al final era creer en lo que
uno hacía. Confiar en los que uno conocía era parte de todo eso.
Que se debía amar de todas las maneras posibles, que se debía
aprender a pecar bien. Que debíamos evitar sufrir en la medida de lo
posible y sobre todo no atormentarnos si no lo conseguíamos. Que
debíamos acordarnos siempre de que somos vida. Que efectivamente
vivimos aquí y ahora. Y que eso era perfecto.



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