5. La Central

¿Conoces los invisibles
hiladores de los sueños? 
Son dos: la verde esperanza
y el torvo miedo. 
Apuesta tienen de quien
hile más y más ligero, 
ella, su copo dorado; 
el, su copo negro. 
Con el hilo que nos dan
tejemos, cuando tejemos

Antonio Machado.



Ella dijo: vamos a dar un paseo, me siento como si hiciese mil años que estaba tumbada con el cuello torcido. El niño cogió dos manzanas para el camino y al ver que no tenía dónde colocarlas le dijo a ella: perdona, ¿cómo te llamas? Ella parecía turbada por la pregunta y no dijo más que: ¿no lo sabes? Y murmuró, como para sí misma, aunque Homero la oyó perfectamente: qué raro, esto no había pasado antes... Y ella dijo: Me llamo Eva. Y murmuró: por ejemplo. Homero le dijo: Eva, necesitamos una bolsa y algo de ropa para el camino. Eva asintió y chasqueó los dedos y ya estaban vestidos, pero muy raro: él parecía un marinerito de primera comunión y ella llevaba una malla negra muy apretada y estaba llena de adornos de oro, medallones y collares sobre todo. Llevaba colgado uno con una cara de Jesucristo. En las manos llevaba solamente un anillo con una esmeralda enorme y en los pies unos zapatos de tacón rojo. Él enseguida protestó y dijo: Hay un momento y un lugar para cada cosa, pero ahora voy a ponerme mi ropa. Y no había terminado de decirlo que ya se había quitado el traje y puesto lo suyo. El polo y todo. A ella no le gustaba ese atuendo. Y dijo: si no te vistes como a mi me gusta, tampoco irás a tu bola. Y él: ¿Te he dicho yo algo a ti de como te vestías? Y ella: Pero yo soy adulta y las cosas son así, yo debo hacer lo que hago. Y él le dijo que eso no tenía sentido.

Miau, Miau, maúlla el gato, y el gato rubio volvió y empezó otra vez a refregar el culo por la pata del niño. Ella le dijo que debía de ser un joven con suerte, que no todos veían al gato. Partieron los tres hacia el Este. El niño tenía esperanzas, estaba contento, andaban los tres con ánimo. Hacían una curiosa comparsa más parecida a las de carnaval que otra cosa. El gato iba el primero, girándose cada dos por tres y meneando el rabo orgulloso. Ella iba junto a él, andando también. Homero dijo: me gusta tu manera de andar. Me inspira seguridad. Ella se rió por lo bajo: Qué cosas, el niño... Verdad, dijo él. Y apuntó: una seguridad parecida a la del gato. De hecho este gato me resulta familiar.

Se acercaban a la Central. Y ya era casi medio día y les rugían las tripas. Homero se sacó las manzanas del bolsillo y le ofreció una a Eva. El gato cazó a un gorrión que andaba despistado. Y los tres se llenaron las barrigas. Luego Homero se preguntó en voz alta: ¿Qué hacen en la Central? Y Eva dijo que no lo sabía pero que pasarían por allí. El sendero hasta la central era estrecho y tenían que ir en fila. La alta torre, eso era la Central, estaba rodeada de un foso, y había un puente con una puerta coronada por un Arco Iris que rodeaba la torre y el foso. Cuando se acercaron descubrieron que lo que había más allá del Arco Iris era todo en Blanco Y Negro. Entraron y dejaron atrás el color, para adentrarse en lo gris.

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