7. La Playa

“If I had a world of my own, everything would be nonsense. Nothing would be what it is, because everything would be what it isn't. And contrary wise, what is, it wouldn't be. And what it wouldn't be, it would. You see?” 
Lewis Carroll




Llegamos a lo alto de la torre, los tres. En lo alto había una habitación con un balcón que daba a una playa. Era le dijo a Homero: Aquí te dejo. A lo que Homero respondió que ni hablar. Que ella iba con él a bañarse. Después de un rato de discutir que si no tenían bañador, ni toalla, ni ganas. Homero dijo que ella podía hacer aparecer todas esas cosas con un chasquido de dedos. Y le mandó que lo hiciera.

Entonces le confesó al niño la verdad, en la torre su poder se desvanecía. Cada vez que estaba en la torre era el único momento en que realmente eran conscientes. El resto, dijo, era todo sueño. Un sueño que ella soñaba en su urna de cristal. El sueño siempre empezaba con ella hilando, no hilaba ni lana, ni algodón, era otra cosa. Esa cosa maldita le hacía sangrar los dedos y de la sangre brotaba una rueca. Eso la ayudaba a hilar mejor, cada vez más rápido. Dando tumbos a la rueda de la rueca. Siempre se pinchaba y entonces obtenía el primer ovillo.

El primero de muchos, pero el resto costaban menos sangre. El primero en cambio... De los ovillos salían telas y cosas que eran su ajuar. Le describió con lujo de detalles las joyas, maravillas y curiosidades que colmaban lo que se iba conformando como su palacio, a su alrededor. Poco a poco, el resto de las cosas las iba iluminando ella a su paso. Le encantaba ese momento del sueño en que descubría paisajes, lugares, territorios, mapas, cuadros, museos. Un mundo hecho de hilo. Un hilo hecho de ese material extraño que ella hilaba al principio del sueño.

Confesó La Bella Durmiente haber dudado por un momento del poder del amor. Pero antes de hacer la comunión ella siempre se confesaba y lo confesó al sacerdote. Éste le dijo que eso no era pecado. Que él mismo vencía cada día el poder del amor. Amaba locamente a Doña Beata, una suiza preciosa como un ángel, que a la Bella Durmiente más le parecía lora. Y nunca se dejó llevar por tal poder, pues hubiese ido contra su bien-estar. Apesadumbrada, se llevó al sacerdote a la comisaría de policía y les explicó el caso. A lo que el inspector dijo que no iba en contra de la ley hacer tal cosa. De hecho, él mismo se arrepentía de haber encerrado a Paz, la gitana que traficaba con polvo de ángel, cristal, maría, chocolate y esas cosas prohibidas, porque prefirió casarse con la hija del comisario y así tener oportunidad de ascender en su trabajo. Se los llevó a los dos ante un Juez. Y tras decirle lo que ocurría, el juez dijo que la llevaran a un manicomio. Solo que esta vez su furia era tal que hizo chas con los dedos y aparecieron unas tijeras que recortaron a estos personajes de la tela. Y entonces todo empezó a desmoronarse.


Ella lo hizo. El balcón tenía una puertecita, coronada por un Arco Iris, y todo lo que había al otro lado era de colores otra vez. Salieron y los bañadores eran de todos los colores, estampados a mano con una técnica que Homero catalogó de Hippie. Por entre las dunas vieron a hombres, mujeres y niños que reían y bebían. Y luego, al llegar a la playa, la gente los miró, y Homero se rió, y todos se fueron yendo poco a poco. El Sol fue poniéndose por el Oeste. A la vez que la Luna, esta vez Creciente, salía por el Este. Y Homero abrazó a Era, y sonaron las guitarras y la música dulce; y las estrellas empezaron a parpadear. Entonces sus cuerpos fueron fundiéndose, el uno dentro del otro. Poco a poco. Y las formas empezaron a desaparecer, y todo era borroso. Y poco a poco, Homero dejó de ver. Poco a poco, Homero, no vio más nada.

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