El Señor Grosse



El señor Grosse se daba cuenta ahora que se había dejado el maletín en el ascensor. La señora del tercero irrumpió en el diminuto habitáculo obligándole a soltar el maletín de piel negro en el suelo y a interrumpir sus últimos momentos de acicalamiento personal. Debido al agobio causado por tener que compartir tan poco espacio con otra persona, las prisas por salir le jugaron la mala pasada de olvidarse el maletín. Seguramente era eso lo que le gritaba la vecina antes que él cerrara la puerta de la entrada con un fuerte tirón. El señor Grosse disfrutaba de conversar con la gente, pero no por la mañana. Ya habían hablado con la señora del tercero sobre el tema en innumerables ocasiones, y ella seguía empeñada en que el señor Grosse le contestase a los 'buenos días' que se escupían por costumbre los unos a los otros los habitantes del pueblecito cada mañana de sus vidas desde el principio de los tiempos.
El señor Grosse era un hombre de negocios decidido a sacar el máximo partido a sus días en este mundo. Su pequeña inmobiliaria, que había empezado como algo ilegal y ocasional, funcionaba a pleno rendimiento y la crisis inmobiliaria que azotaba occidente entero parecía beneficiarle más que otra cosa. Aunque se pasase las mañanas hablando con clientes de todo el mundo, inventando cuentos y arreglando desperfectos, comprando y vendiendo, alquilando y buscando, invirtiendo y estafando; tenía una norma, a partir de las seis de la tarde el mundo del trabajo se paraba y empezaba su momento de relax. Hacía unos años había sufrido una crisis nerviosa debido al estrés y se cuidaba mucho desde entonces. Se había aficionado a los spas, baños turcos y saunas; la música Chill Out y los masajes. El Yoga seguía sin convencerlo del todo. No tendría paciencia, el necesitaba descargar adrenalina, el boxeo... podría ser, pero ¿y los golpes en la cabeza? La mayoría de boxeadores terminaban con problemas cerebrales de riego o cosas peores que no quería imaginar.
En el maletín había toda clase de documentos que, en las manos equivocadas, podrían conducir al señor Grosse a tener problemas graves con la Justicia. Aunque ya nadie cree en la Justicia, si uno se mete en el lío adecuado puede terminar realmente mal. Después de todo la envidia de algunos sería motivo más que suficiente para que Grosse se convirtiese en un desafortunado. Tenía mejores coches y tierras que la mayoría de los peces gordos de ciudad. Aunque alardeaba de llevar una vida más que sencilla, la verdad era que Grosse ingresaba más dinero al mes del que la mayoría ingresará este año y por supuesto, a todas las tierras que poseía les sacaba el máximo rendimiento, ya fuese alquilándolas, convirtiéndolas en negocios, hoteles, tiendas o bloques de apartamentos como el edificio en el que él mismo vivía – Apartamentos Las Palmeras.
Había ya muchos bloques de apartamentos en todos los pueblecitos de la zona. No eran pocos los que tenían nombre de plantas o árboles tropicales o exóticos. La mayoría tenían piscina. Pero Apartamentos Las Palmeras era algo especial, singular, diferente, único, extravagante y extraordinario. El señor Grosse era un hombre escrupuloso, ordenado e innegablemente loco. No habiendo querido dejar en manos del destino los nombres, apellidos, caras, personalidades y rasgos de sus futuros convecinos había organizado una serie de tramas, enredos y engaños, entre los que se incluían castings sorpresa para elegir a la que sería su futura comunidad. Su madre siempre le había repetido que había que confiar más en los vecinos que en la familia porqué son éstos los que estarán allí para socorrerte cuándo más los necesites. Esa sentencia le había quedado gravada en la mente consciente y lo había llevado al extremo de construir su paraíso vecinal ideal.

Por supuesto, después de una vida entera viviendo allí la frustración era máxima, y ya ni se acordaba de la Utopía que lo había conducido a vivir del modo en que lo hacía. El maletín lleno de papeles que podrían inculparle ocupaba todo el espacio de esa cabezota calva y rubia, cuadrada y medio alemana, medio española que regresaba andando a regañadientes a su casa esperando encontrar el maletín intacto en el ascensor. Cruzaba los dedos para que la vecina del tercero no lo hubiera cogido y evitar así tener que hablar con ella, y darle los 'buenos días'.  

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