Ali y las maravillas VI
Vio unos cuentos, y se acordó de lo mucho que le gustaba que su abuelita le contara cuentos cuando era un niño pequeño. Ese recuerdo le ayudó a atreverse a leer más. Ese íntimo encanto le daba vértigo. Los libros hablaban a través de él ¿le habían robado en silencio el corazón?
'Os aviso no es un cuento,
es verdad lo que os cuento.
En la casa vivían felices,
los padres, los niños
y Canichito el caniche.
Por culpa de los braseros
la casa se prendió fuego
y vinieron los bomberos.
Las desgracias, horrorosas,
(Dios nos libre de estas cosas).
Ardió el serrín
del cojín.
Y las sillas,
como astillas,
los cuadros,
el comedor
¡Y los libros!
(del desastre, lo peor).
Las alcobas,
el garaje,
los armarios
-y no quedó ningún traje-.
-Micaniche, ¡Canichito!
-gritó el niño pequeñito-.
¡Está dentro!
(Todos lloraron al perro).
Los rescoldos se apagaron
ya se fueron los bomberos,
cuando entraron en las ruinas
oyeron un llorisqueo,
un ladrido lastimero.
¡La nevera!
La nevera no se quemó
y allí dentro,
vivito y ladrando estaba
el perrito medio yerto.
Por su gran inteligencia
el perrito Canichito
se salvó de morir frito.
Los cuentos de animales volaron y debajo estaban más:
Mi abuela, <La Tía Romana>, daba posada a los pobres. Se hallaba bastante extendida la costumbre piadosa de dar posada gratuita a los pobres. Recuerdo, entre otras de las que he tenido noticia, la casa de la familia de Andresa, en BIelva, y la del padre de Lely puente, en Rubayo. O también, la muy peculiar de la madre de <Masio el de La Hayuela>. Precisamente, a este famoso poeta popular -cuando tenía 18 años- fue uno de aquellos pordioseros quien le enseñó a escribir. Aquel mendigo era conocido por el sobrenombre de <Torrijos>, y había sido maestro durante la República. Para que Masio aprendiera, le hacía repetir cientos de veces este verso, en muchas ocasiones llevándole él mismo la mano:
<El pintar una paloma
se pinta con facilidad.
Lo difícil es
pintarle el pico y que coma>.
A veces llegaba alguno que no había sacado nada pidiendo limosna. Entonces mi abuela, de lo poco que había, les daba la cena. ¡Incluso! cuando hacía mucho frío, que estábamos calentándonos en la lumbre, nos decía ella:
-Quitaros vosotros, para que se calienten los pobres. Que ya habéis estado vosotros bastante.
Me acuerdo yo que comíamos todos en una misma cazuela; y los pobres venían y decían:
-¡Debe e estar muy bueno!
Y nos comían unas cucharadas. A nosotros ¡nos daba una rabia! Entonces, ellos a veces nos contaban un cuento como éste u otro...
Era un Rey que estaba casado con una Reina. Pero metieron en la casa una sirvienta que era mora. Y aquella criada no quería a la mujer del Rey. Entones fue un día y dijo a la Reina:
-¿La peino mi señora?
Y mientras la peinaba, fue y la clavó un alfilerón en la cabeza, y la convirtió en palomita. Mi propia mujer recuerda vagamente otra versión en la que era la hermanastra fea la que tenía envidia de la hija del Rey.
Entonces el rey, como desapareció la mujer, pues ya... ¡se unía a la mora! Al ver que la Reina había desaparecido, pues se casó con la otra, y la mora se hizo Reina.
Pero la Reina, la que se había convertido en palomita, venía todos los días al jardín del Palacio. Iba de árbol en árbol y, al hortelano del Rey le decía:
-¡Hortelanito del Rey!
¿Qué tal el Rey y
la Reina mora?
-Muy bien, señora!
-Y la pobre mujer
¡por estos montes sola!
Eso lo decía la palomita. Y entonces, al cabo de una cuantas veces, le dio sospecha al hortelano, y avisó al Rey. Y le contó aquello que una palomita le decía todos los días. Pescaron la palomita, y ella -para indicar lo que tenía- se rascó con la patita en la cabeza. Y gracias a eso ya le vieron el alfilerón, porque ella con la patita rascó justo donde tenía el alfiler clavada.
<¡¡¡Era un alfilerón!!!, nos contaban aquellos pobres que les daba posada mi abuela la <Tia Romana>. Y decían ellos que entonces, le sacaron el alfilerón a la palomita, y dejó de ser palomita y volvió a ser Reina. Y a la Mora, pues la echaron.
Como las palomas del cuento, el cuento se echó a volar hacía el lugar de dónde había venido.
El último libro que quedaba sobre el altar era Las mil y una noches. Inconfundible, estaba abierto en la noche 741, Ali leyó como Aladino era engañado por un mago, y salvado por un efrit. Se leyó el cuento entero. Sherezade era una gran narradora. Y luego el cuento se fue como había venido: volando.
'Os aviso no es un cuento,
es verdad lo que os cuento.
En la casa vivían felices,
los padres, los niños
y Canichito el caniche.
Por culpa de los braseros
la casa se prendió fuego
y vinieron los bomberos.
Las desgracias, horrorosas,
(Dios nos libre de estas cosas).
Ardió el serrín
del cojín.
Y las sillas,
como astillas,
los cuadros,
el comedor
¡Y los libros!
(del desastre, lo peor).
Las alcobas,
el garaje,
los armarios
-y no quedó ningún traje-.
-Micaniche, ¡Canichito!
-gritó el niño pequeñito-.
¡Está dentro!
(Todos lloraron al perro).
Los rescoldos se apagaron
ya se fueron los bomberos,
cuando entraron en las ruinas
oyeron un llorisqueo,
un ladrido lastimero.
¡La nevera!
La nevera no se quemó
y allí dentro,
vivito y ladrando estaba
el perrito medio yerto.
Por su gran inteligencia
el perrito Canichito
se salvó de morir frito.
Los cuentos de animales volaron y debajo estaban más:
Mi abuela, <La Tía Romana>, daba posada a los pobres. Se hallaba bastante extendida la costumbre piadosa de dar posada gratuita a los pobres. Recuerdo, entre otras de las que he tenido noticia, la casa de la familia de Andresa, en BIelva, y la del padre de Lely puente, en Rubayo. O también, la muy peculiar de la madre de <Masio el de La Hayuela>. Precisamente, a este famoso poeta popular -cuando tenía 18 años- fue uno de aquellos pordioseros quien le enseñó a escribir. Aquel mendigo era conocido por el sobrenombre de <Torrijos>, y había sido maestro durante la República. Para que Masio aprendiera, le hacía repetir cientos de veces este verso, en muchas ocasiones llevándole él mismo la mano:
<El pintar una paloma
se pinta con facilidad.
Lo difícil es
pintarle el pico y que coma>.
A veces llegaba alguno que no había sacado nada pidiendo limosna. Entonces mi abuela, de lo poco que había, les daba la cena. ¡Incluso! cuando hacía mucho frío, que estábamos calentándonos en la lumbre, nos decía ella:
-Quitaros vosotros, para que se calienten los pobres. Que ya habéis estado vosotros bastante.
Me acuerdo yo que comíamos todos en una misma cazuela; y los pobres venían y decían:
-¡Debe e estar muy bueno!
Y nos comían unas cucharadas. A nosotros ¡nos daba una rabia! Entonces, ellos a veces nos contaban un cuento como éste u otro...
Era un Rey que estaba casado con una Reina. Pero metieron en la casa una sirvienta que era mora. Y aquella criada no quería a la mujer del Rey. Entones fue un día y dijo a la Reina:
-¿La peino mi señora?
Y mientras la peinaba, fue y la clavó un alfilerón en la cabeza, y la convirtió en palomita. Mi propia mujer recuerda vagamente otra versión en la que era la hermanastra fea la que tenía envidia de la hija del Rey.
Entonces el rey, como desapareció la mujer, pues ya... ¡se unía a la mora! Al ver que la Reina había desaparecido, pues se casó con la otra, y la mora se hizo Reina.
Pero la Reina, la que se había convertido en palomita, venía todos los días al jardín del Palacio. Iba de árbol en árbol y, al hortelano del Rey le decía:
-¡Hortelanito del Rey!
¿Qué tal el Rey y
la Reina mora?
-Muy bien, señora!
-Y la pobre mujer
¡por estos montes sola!
Eso lo decía la palomita. Y entonces, al cabo de una cuantas veces, le dio sospecha al hortelano, y avisó al Rey. Y le contó aquello que una palomita le decía todos los días. Pescaron la palomita, y ella -para indicar lo que tenía- se rascó con la patita en la cabeza. Y gracias a eso ya le vieron el alfilerón, porque ella con la patita rascó justo donde tenía el alfiler clavada.
<¡¡¡Era un alfilerón!!!, nos contaban aquellos pobres que les daba posada mi abuela la <Tia Romana>. Y decían ellos que entonces, le sacaron el alfilerón a la palomita, y dejó de ser palomita y volvió a ser Reina. Y a la Mora, pues la echaron.
Como las palomas del cuento, el cuento se echó a volar hacía el lugar de dónde había venido.
El último libro que quedaba sobre el altar era Las mil y una noches. Inconfundible, estaba abierto en la noche 741, Ali leyó como Aladino era engañado por un mago, y salvado por un efrit. Se leyó el cuento entero. Sherezade era una gran narradora. Y luego el cuento se fue como había venido: volando.



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