Aly y las maravillas III

Aly quería terminar ya el cuento. Le molestaba la confusión. Él estaba acostumbrado a realidades más coherentes. O eso creía al menos. Resulta que el esperado FIN no llegaba todavía en realidad. La maldición había despertado a un hada que normalmente dormía sin más. El hada no podía dormir con una maldición revoloteando a su alrededor como una mosca cojonera. El hada tenía su propia historia, no le importaban ya las luchas de bien y mal, luz y oscuridad, plis y plas. Qué mas da, había dicho un día. Si yo lo único que quiero es dormir en paz. Pero claro, en paz en paz con una mosca revoloteando en su oreja no estaba. El cansancio le pesaba en todos los músculos, en realidad no tenía ningunas ganas de levantar la mano y aplastar a la mosca. Así, simplemente silbó fuertemente hacia donde se oía el susurro de la maldición: porque en el desván del tiempo las habichuelas mágicas crecen hasta los castillos en las nubes de los gigantes. Aly, que se había convertido en leyenda, y estaba en estos momentos sudando tinta, se preguntaba de dónde provenía el mal augurio, el hechizo destructor. La maldición no parecía tener mucho sentido: habichuelas mágicas, gigantes, castillos en las nubes. Un caos de maldición. Una cosa terriblemente incoherente que no llevaba a ningún lugar... Bueno, sí, a las nubes de los gigantes. ¿Pero qué eran las habichuelas mágicas? La voz lejana que venía de la luz contestó: Son semillas que al ponerlas en la tierra sale una planta enorme que se eleva hasta el noveno de los cielos, dónde, como todo el mundo sabe, viven los gigantes. Los gigantes tienen secretos que a la gente le gusta ir a descubrir. También tienen tesoros y animales exóticos, como la gallina de los huevos de oro. El hada, al oír la voz se incorporó. Dejó de roncar, dejó de silbar y sonriendo ampliamente mientras sostenía su varita entre las manos dijo: Abra Cadabra Patas de Cabra, todos lo gritan, todos lo hablan. Y apareció una bolsa de plástico transparente que ponía escrito en permante en letra muy poco clara: semillas de habichuela mágica. El hada se las ofreció al muchacho y le advirtió: no soy lo que tu crees que soy, ni lo que yo misma creo que soy y por supuesto no entiendo por qué te doy esto. Dicho lo cual añadió: Ve con cuidado, los gigantes, aunque no te lo creas pueden pisarte incluso entre las nubes.

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