Aly y las maravillas IV
Son solo palabras, advertía la voz lejana que venía de la luz. El hada dijo que ya no estaba para discusiones. Que estaba claro que querían lo mismo las dos, y le recordó a la voz que aunque ahora ella marcharía tenía que seguir el protocolo con Aly y no saltarse ningún punto. Aly preguntó que qué protocolo. La voz le recordó que no podía tocar ninguna de sus maravillas, y añadió: a no ser que se te sea entregada en mano. Le dijo que había una sola de sus maravillas que ella estaba dispuesta a entregarle, pero que solo podía dársela si le demostraba ser digno de tal tesoro. Aly se preguntó qué debía ser aquello que escondía la voz de la luz. Aly se sentía engañado, recordaba ahora sus clases de filosofía. El profesor les hablaba de Platón, la cueva, las ilusiones las sombras de la realidad, que hacia la luz estaba la verdad, escondida en el mundo ideal. Aunque Aly nunca estuvo de acuerdo con esa teoría ahora cobraba más sentido para él. Aunque como cuando solo era un alumno de instituto, seguía teniendo el presentimiento que la luz y el mundo de las ideas no eran sino otra mentira, otra ilusión y por supuesto tan mentira como la cueva. Una especie de risita interior, que no desembocó en carcajada ni sonrisa porque el miedo y la incerteza pesaban más sobre su rostro, le tentaba a seguir adelante y demostrarle a la voz ser digno de su secreto.
Una cosa era segura, aunque por aquel entonces admiró a Aristóteles por su ímpetu científico, tenía que admitir que no sentía ningún alivio al pensar en sus clasificaciones de la naturaleza; pues esta experiencia que estaba viviendo en la cueva escapaba a todo atisbo de lo que antes Aly conocía con el nombre de normalidad. No podía evitar sentir que estaba más allá, que era especial y que tenía que aprovechar aquella oportunidad única de escapar de su triste realidad.
Una cosa era segura, aunque por aquel entonces admiró a Aristóteles por su ímpetu científico, tenía que admitir que no sentía ningún alivio al pensar en sus clasificaciones de la naturaleza; pues esta experiencia que estaba viviendo en la cueva escapaba a todo atisbo de lo que antes Aly conocía con el nombre de normalidad. No podía evitar sentir que estaba más allá, que era especial y que tenía que aprovechar aquella oportunidad única de escapar de su triste realidad.



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